He tenido el blog taaaaan abandonado este verano, pero entendedme, se está tan agusto tumbada en el sofá sin hacer nada...pero todo eso se acabó, porque para cualquier ser humano de mi edad acaba de empezar (o está a punto de hacerlo) una condena de nueve meses en un lugar parecido al purgatorio. El instituto.
Ya sé que cuando llegas a bachillerato tú eliges si seguir estudiando o no, y yo he decidido hacerlo porque me gusta y ademas voy a hacer lo que más me llena en esta vida, pintar. Pero como me gusta quejarme y los comienzos siempre son duros...
Ahora que ya son mediados de septiembre nos vemos abligados a hacer cosas que no son plato de gusto para nadie. Empiezan los madrugones, las carreras en educación física (que para más inri siempre tiene la mala costumbre de tocar a primera hora, cosa que en verano viene genial porque hace fresquito, pero que en invierno te congelas), el dolor en las manos de tanto coger apuntes, los deberes, hincar los codos hasta que te duelen... pero lo peor es el camino al insti...
Qué suerte tenía de vivir al lado del insti... en cinco minutitos me plantaba allí, ahora estoy más muerta que viva con tanto viajecito en el tren... además de las escaleras en la estación, una clase en un horroroso tercer piso, la vuelta a casa con la inmensa mochila, el hambre a las tres de la tarde hasta que llegas a tu casa, comer corriendo por culpa de las actividades extraescolares... hasta que coges el ritmo suelen dolerte huesos que no sabías ni que existían.
Yo no sé los demás, pero aún no tenía ganas de salir del país del algodón de azucar en el que vivo en verano. Ese derecho a estar en la cama hasta que te canses, esa tranquilidad de no tener responsabilidades (o casi ninguna), poderte tirarte un día entero en pijama, vivir un fin de semana de tres meses...
Pero luego llega ese condenado mes de septiembre y se come nuestro algodón de azúcar, dejandonos abandonados, con una mano detrás y otra delante, en un instituto que siempre parece empezar demasiado pronto.
¡Bah! Ya me acostumbraré, y antes de darme cuenta estaré enterrada entre una montaña de gominolas el verano que viene.



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